Catacaos: Epicentro del sabor y la artesanía del norte


Doña Irma se levanta de lunes a viernes a las 4 de la mañana para hervir el maíz que dará como resultado el néctar de los incas. Doña Juana alista, una hora más temprano, aquella masa dulce y espesa, culpable de los infaltables tamalitos domingueros. Don Andrés, con 65 años de brisa pintados en las sienes, sale a las 6 de la mañana para conseguir la caballa fresca, la pulposa cachema y los preferidos de la casa, el toyo y el cabrillón, manjares marinos que han hecho de su restaurante, como su nombre lo reza, "El epicentro del norte".
Así amanece Catacaos, ubicado a 15 minutos de Piura, cuna de Miguel Grau, centro de aquel sol radiante que invita a refrescarse con la espumosa y lechosa chicha mellicera de doña Irma Chavesta. Ella mantiene viva la tradición de su madre quien desde muy joven izaba la banderita blanca sostenida por una caña de guayaquil, para avisar que en ese lugar con piso de tierra y olor a leña está a la cura contra los estragos del agresivo calor piurano.
La "Calzón hueco" es muy conocida por los comensales de los alrededores, por lo que no sorprende ver el local repleto de viernes a domingo. Los turistas se rinden a su gusto y beben algo demás para hacerle honor a una sazón extraordinaria.
Dos cuadras más adelante encontramos a doña Juana, chola de pura sepa, arrinconada con su cucharón de palo introducido en un gran "batán" u olla de barro, moviendo la masa para los tamales de choclo o maíz amarilo, tentaciones infantables en matrimonios, quinceañeros, cumpleaños y, por supuesto, en cada domingo a las 8 después de la misa.
Y ni hablar de "La Chayo", cuya fama ha trascendido fronteras y más de un famoso cayó rendido ante sus artes culinarias de exquisita factura, fantasías para cualquier paladar exigente. Su sarza criola, pan de fiesta y café de "olleta" apaciguan más de una debilidad domiguera que termina con un inimitable seco de chabelo.
Casi a las afueras de este grandioso pueblo podemos visitar el "Se salió el mar", huarique con tradición e historia culinaria, donde el pescado se convierte en manjar de dioses y nadie deja de rendirle tributo a la caballa pasada por agua, acompañada de yucas, zarandaja y sarza, las cachemas encebolladas o al sudado de tramboyo.
Este es Catacaos, tierra de una sempiterna tradición culinaria, alma de de la cocina norteña.

CUNA DEL ARTE
Pero también es la tierra de la alfarería y la filigrana de oro y plata,de los sombreros de toquilla, considerados entre los más finos del mundo, tanto que John Wayne los usó en sus películas, del tondero, la artesanía en cuero y los burros campestres.
Los cataquenses poseen una habilidad sosprendente para confecionar joyas de oro y playa en filigrana (hilos muy finos) en forma de collares, sortijas y todo objeto que se les solicite.
Su artesanía en madera dura (hualtaco) también asombra por su belleza, perfección y diseño. Pero su arte no se queda en el pueblo. Cinco minutos antes de llegar a Catacaos está el caserío de Simbilá, tierra de alfareros, famosos por sus cántaros, ollas y jarras que asombran por la forma cómo los hacen, usando como herramientas dos paletas, una vasija para el agua, una piedra de río, un lienzo y una selladora, sentados en el piso.
Todo este talento se expone en la bella e histórica calle Comercio que desde hace más de dos siglos recibe a miles de mercaderes que llevan sus productos a los más ignotos lugares del Perú y el mundo.
Por esta artesanía tan maravillosa el Estado le concedió el título de Capital Artesanal mediante ley 25132, el año 1989, ratificando que Catacaos es la cuna de los gustos, sabores y el arte del norte peruano.

* Publicado en la Sección B del No. 3 del semanario

 
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